Superar los dolores

2Samuel 12, 22-23. “David respondió: —Cuando el niño
vivía, yo ayunaba y lloraba pensando que quizá el Señor
tendría compasión de mí y lo dejaría vivir. Pero ahora que
ha muerto, ¿qué objeto tiene que yo ayune, si no puedo
hacer que vuelva a la vida? ¡Yo iré a reunirme con él, pero
él no volverá a reunirse conmigo!”.

Separaciones, robos, pérdidas de seres queridos, pérdida
de exámenes de estudio, rechazos de personas,
despedidas de empleos, fracasos económicos, noticias
desagradables de nuestros hijos o nuestros padres,
accidentes o enfermedades, ameritan un duelo. Llorar
con sentimiento desgarrador y sentir profundo dolor;
clamar la sanación y el auxilio divino. Pero es necesario
superar el dolor, pasar el duelo y saber que Dios
permite nuevas oportunidades en la vida y en la eternidad;
que hasta la muerte tiene un remedio eterno,
que después de la noche llega la mañana y con ella
nuevas ilusiones y caminos vendrán. Tienes que levantarte
de nuevo y –con actitud de fe– rehacer tu vida,
enderezar el camino, aceptar el perdón y la misericordia
de Dios; no lamentarte más ni revolcarte más en el
suelo, así como cuando el Señor exhortó a Josué.

Josué 7, 10. “Y el Señor le contestó:
—Levántate. ¿Qué haces ahí, en el suelo?”.

Dios ama el corazón valiente que llora, pero que se
levanta de nuevo; por ello, después de su súplica con
gotas de sangre en el huerto de Getsemaní, se levantó
a enfrentar la muerte y la vida a la vez para reinar
eternamente.

Lucas 22, 44-46. “En medio de su gran sufrimiento, Jesús
oraba aún más intensamente, y el sudor le caía a tierra
como grandes gotas de sangre. Cuando se levantó de la
oración, fue a donde estaban los discípulos y los encontró
dormidos, vencidos por la tristeza. Les dijo: — ¿Por qué
están durmiendo? Levántense y oren para que no caigan
en tentación”.

Dios, Padre de amor:
Nuestro corazón languidece en medio del dolor, la
tristeza, el arrepentimiento, la rabia y la amargura; no
obstante, por la gracia de tu amor, en tu nombre nos
levantamos de toda caída. En el nombre de Jesús, clamamos
fuerzas para continuar con dignidad nuestro
camino hacia ti. Clamamos el bálsamo de tu consuelo
para sanar las heridas y los dolores de nuestra alma, a
fin de que nuestra conversión y salvación sean perfectas
en tu santa voluntad.
Amén.

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Reflexión tomada del libro Una reflexión para cada ocasión II por Juan Alberto Echeverry

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